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Desde la sombra (IV)

Por Ana Teresa Toro Ortiz / Especial El Nuevo Día

¿Cómo es el ambiente que predomina en los espacios alternos para el arte? ¿Cuán diferentes realmente son de otros puntos de “jangueo” nocturno? Aquí,un vistazo a algunos de esos lugares.

Nota del editor: Éste es el cuarto y último de una serie de artículos en la que se explora el mundo de los espacios alternos en los que se fragua buena parte de la actividad artística y cultural del País.

Taller Cé

domingo 10:00 p.m.

Con aire acondicionado hacía calor. Esa noche -contrario a las de siempre- no había espacio para mesas. A las 9:30 p.m. ya habían cerrado puertas. Difícil andar o ir al baño, sin que la cosa se pusiera, digamos que oriental. Era el primer cumpleaños de la propuesta teatral semanal Teatro Breve. El “crowd” era lo que podía llamarse “adult contemporary” si se quiere sonar un poco chic, “neohippies” si se quiere sonar un poco genérico o jóvenes adultos de tendencias recreativas variadas, si se busca ser más precisa. Durante dos horas los protagonistas del proyecto teatral que ha buscado con éxito -de la mano del Taller de Cantautores- retomar la tradición del Café Teatro en Río Piedras, mantuvieron al particular público cautivo. Hubo risas a borbotones y hasta una lagrimita salió de algún ojo frágil. Acabó el show y la puerta fue un embudo. Ahí comenzó el rito de elegante apareamiento, que siempre ocurre hasta en el embudo más selecto.

El Café Seda

jueves 9:00 p.m.

Aunque parecía, aquello no era una misa. Eso sí, alguien habla en versos mientras el resto de los presentes -que llenan los recovecos del lugar- escucha con devoción de fiel feligrés. Se trató de una de las paradas de la Guagua de la poesía, el encuentro de poetas que durante un mes se presentó cada jueves en ese espacio colorido de la Calle San Sebastián. La que llegó tarde se asomó por la ventana de hojas que permite ver el interior del lugar. No cabía un cuerpo más. La gente tomaba notas y quizá improvisaban una estrofa, otros aprovechaban un verso ajeno escuchado a través del micrófono para conectar una mirada y mandar un mensaje. Nunca falta el rito de apareamiento hasta en los lugares más insospechados. En este caso era digamos que, poético. La gente: diversa. Mucho sombrero, falda larga, pañoleta y collar... mucho espejuelo redondo, barba abundante y telas oscuras... ¿Las edades? Casi indescifrables. Jóvenes que parecen viejos y viejos que parecen jóvenes. Sí, había velas y quizá se quedaron encendidas hasta que se extinguieron los versos. Quizá -puede ser- el final fue menos poético, tal vez se apagaron cuando se acabó el vino.

Nuyorican Café

miércoles 12:00 a.m.

Un clon de Héctor Lavoe -gafas incluidas- pulula por el callejón de la Capilla del Cristo. Se pierde entre los sombreros, los cigarrillos, los vasitos de cerveza del negocio de al frente, los tacos de puyita que se atascan entre los adoquines y el murmureo de la gente que habla en grupitos. Adentro, el Comborican en la tarima del Nuyorican. Alguna gente sentada se mueve de poquito en poquito. Uno que otro baila solo. En el centro dos mujeres bailan juntas. Se lucen y saben que la gente las mira. Un caballero escoge a una de ellas, la pelirroja. La saca a bailar. La pelinegra sigue bailando sola. Parece que no se dio cuenta. Se integran un par de parejas más y la diminuta pista de baile -de momento- parece pista de salón de actividades. Los que no bailan miran hipnotizados. En la barra un hombre le hace “un cuento chino” a una jovencita. Creo que intenta rimar con su nombre. Ella le ríe las gracias, aún no conoce esos códigos. La música sigue gorda, pesada, densa... con el último sonido, un silencio y un suspiro. La pelinegra había bailado con las congas.